El Baúl de...

Mel Herrera

Mel Herrera

Escritora y activista

La «transexnógrafa» de Alberto

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(Ilustración: Alejandro Cañer)

« (…) las travestis no pueden meter mano en el corazón de un hombre,

y solo tienen permiso de meterla en la bragueta (…)»

Camila Sosa, La novia de Sandro

El apartamento era como me lo imaginaba. Sí, porque aunque nunca me lo hubiera dicho, sabía que Alberto vivía en uno. Tenía la nostalgia propia de los hombres solos que viven en apartamentos.

Era pequeño, pero lujoso. Y con un detalle que para mí siempre es deseable: el baño quedaba dentro del cuarto.

La sala estaba en penumbras, iluminada apenas por una lámpara que irradiaba una luz amarilla, de las que siempre me angustian, desde una mesa pequeña en una esquina del sofá, y por la pantalla de un televisor plano que ocupaba casi toda una pared.

En el televisor, puesto en silencio, una presentadora de Univisión hablaba de un tiroteo. En una mesa de centro había copas, un cenicero con colillas de cigarro, botellas de bebidas, restos de galletas y de nutella.

Todo, sin embargo, olía rico, a nuevo. Era un lugar de esos tan confortables que incomodan. Todo era tan miserablemente aburrido y al mismo tiempo tan revelador como en un cuento de Raymond Carver.

Alberto me trajo agua en una copa hasta donde estaba sentada. Me preguntó si me había sido difícil llegar. «Un poco», le dije. Cuando hay anuncio de lluvia, se nubla el cielo o apenas cae una gota, hasta el transporte privado se paraliza.

Para colmo, el taxista que finalmente aceptó llevarme me había dejado en otra dirección, no muy lejos de allí, pero lo suficiente para que me agitara dando vueltas en busca de la calle correcta y del edificio.

No me terminaba el último buche de agua cuando Alberto me tomó de la mano: «Ven pa que te refresques». Me entró al cuarto. Estaba climatizado y a oscuras. No lo vi con intenciones de encender luces. Miré al techo. No había bombillos. Solo unos cables sueltos.

Comentó «qué alta eres, a ver, ponte aquí pa’ ver una cosa», y me puso enfrente suyo como si quisiera comparar nuestras estaturas. En realidad era para tomarme por la cintura y empujarme hacia él. Era para besarme con desespero y que nuestras pingas muertas, abajo, repitieran el gesto.

Íbamos a lo que íbamos, sin más preámbulos, porque sí, porque para qué engañarnos. Un año «sexteando» por las redes sociales, y al fin. «Mija, al fin nos vemos», soltó. Un año mandándome fotos de su pinga que, aunque al principio no se las había pedido, no me disgustaba.

Empezó a escribirme un día cualquiera, con una manito en Messenger y un «cómo estás» y un «dónde vives». «En Guanabacoa», yo. «Qué lejos, yo en Playa», él. Enseguida revisé las fotos de su perfil. Vi que era bonito, pero me pareció demasiado pulcro.

Con los días pasó a mostrarme sus gustos culinarios, sus desayunos con frutas, sus huevos fritos y galletas con mantequilla. «Puedo cocinar para ti lo que quieras», me dijo y aquello me estremeció, porque a mí me gusta que los hombres me cocinen o tal vez porque las subalternas nos estremecemos con cualquier cosa bonita que nos digan, porque casi nunca nos dicen cosas bonitas.

Algunas mañanas me preguntaba «¿quieres ver cómo amanecí?», y yo al principio me hice la boba, pero sabía que iba a mandar una foto de la pinga, que me resultaba, en ese entonces, una pinga bonita, apetecible. Y así, un año en eso, engordando el deseo, porque cada vez que me invitaba a su casa o a un café, yo siempre tenía una excusa.

Las subalternas sobrevivimos a nuestro trauma desconfiando y blindándonos el pecho. O bien aceptamos nuestra posición y negociamos contratos, pactos de ganancia uno a uno, o pérdidas de menor riesgo.

Me había hablado de su divorcio, de la niña nacida del matrimonio, de los líos para estar unas horas con su niña. Su soltería era un detalle importante. Las subalternas tenemos fama de romper familias. Nos llaman «robamaridos».

Hacía unos pocos meses nos habíamos visto de casualidad en el bar Melodrama, en La Habana Vieja. Yo andaba con Miguel, el muchacho con el que salía en ese momento, y con una amiga. Se acercó a nuestra mesa, nos saludamos, cruzamos unas palabras, unas señas, y de nuevo me dijo un «tenemos que vernos para a un café», pero yo sabía que el café era un pretexto. Lo mínimo que buscaba era meterme la pinga mientras manoseaba la mía.

Digo lo mínimo, porque estos hombres casi siempre lo único que quieren es jugar con ella, chocarla contra la suya, mirarla, tomarla con la curiosidad y la impericia de quien agarra un artefacto nuevo y quiere aprender a manipularlo. Hay otros que ni la miran. Pero un buen número anhela que una mujer los penetre, y van a por ello.

Ahora en el cuarto nos mirábamos y reíamos en la oscuridad. Solo nos alumbraba un hilillo de luz que se metía por un resquicio de la ventana. Él no sabía qué hacer. Me besaba, me apretaba, me tocaba todo el cuerpo con la ingenuidad y el ánimo exploratorio de quien tiene sexo por primera vez. «¡Qué raro todo, ¿no?!», me dijo. «Esto es precioso», repuse.

Alberto fue sincero. Me dijo que siempre ha tenido curiosidad. Yo podía en ese momento pararlo todo, decirle que me exotizaba y cantarle todas las teorías occidentales dicotómicas y confrontativas que he aprendido: hombres versus mujeres, hombres blancos versus mujeres negras, hombres cisgénero heterosexuales versus mujeres trans/travesti, pero yo tampoco me salvo. Siempre tengo curiosidad por saber qué quieren los hombres que tienen curiosidad por mujeres como yo.

Mi curiosidad, aclaro, no es prejuiciosa ni patologiza. Intento contribuir a que estos hombres no se odien a sí mismos por lo que aman de nosotras y aprendan a expresarlo en libertad.

Por eso aunque me pidió discreción, «imagínate, yo hombre heterosexual, yo productor, yo mil cosas que perder», le avisé que probablemente escribiría y le llamaría Alberto. Sonrió y me dijo que sí, que estaba bien, que Alberto era un buen nombre para él en mi texto, aunque le sonaba a hombre mayor y él solo tiene 32 años.

Yo quería pensar que era la que dominaba la situación, que estaba allí porque quería, que podía hurgar en su vida y documentar la experiencia como una especie de «transexnógrafa» o qué sé yo, y no que era una frágil y angelical trans sin agencias propias, fetichizada, víctima del patriarcado mundial y del sexismo de un hombre blanco heterosexual productor de audiovisuales, cuando a todas luces, para mí él también era un objeto de estudio.

Me dijo que nunca había hecho esto. «Yo tampoco», le respondí. Nos reímos. «En serio nunca he estado con una como…tú», repitió y le dije que para todo había una primera vez.

A esas alturas ya teníamos mucha ropa y mucha sangre entre las piernas. Aunque en mi caso, debo decir que una pinga estrogenizada nunca se para del todo bien. Me quitó el blúmer, y me la agarró por debajo del vestido.

Se desnudó. Vi que la suya no era tan linda en vivo, según lo que me permitió comprobar la poca luz. Era, al parecer, solo una pinga fotogénica.

Me quité el vestido y caímos en la cama. Siguieron sus besos desaforados en los labios, el cuello, los hombros. «No sé qué hacer, pero me gusta esto», admitió en medio de jadeos. Me tenía la pinga agarrada y no me la soltaba. Tampoco sabía qué hacer con ella, si escupírmela, recitarle poemas de Carilda o llevársela a la boca.

Apreté su cara contra mis tetas menudas. Los pelos filosos de su barba hincaban mis pezones y yo soltaba unos griticos de loca. Lengua, barbilla, mordidita, lengua en círculos, lamidas, lengua de arriba abajo, de un lado a otro y de nuevo barbilla. Le pedía que repitiera ese circuito a distintas velocidades.

Se vino enseguida mientras se frotaba contra mí como simulando que penetraba, supongo, una vagina imaginaria. Su semen calentísimo sobre mi ingle, paradójicamente, enfrió de pronto mi deseo. Eso había sido. Se quedó un rato más encima de mí jadeando y dándome besitos en las tetas y en el cuello.

Me preguntó si había sido un desastre. «Casi siempre las primeras veces no son como imaginamos», le respondí mirando al techo. Le acaricié su espalda sudada y al poco rato se levantó, se limpió con unas toallas húmedas, se puso el calzoncillo y me dejó sola en el cuarto.

Entré al baño y me pareció que era el baño perfecto: amplísimo, íntimo, especial para deleitarme largas horas leyendo. Me lavé, me retoqué el pelo, me puse la ropa y salí. Afuera llovía, ya tronaba. También empezaba a anochecer. El cuarto, además, era de esos en los que nunca sabes si hay sol afuera o si ya se fue.

«Tremendo palo de agua está cayendo», comentó Alberto mientras servía dos tragos. Me alcanzó uno y brindamos. Me dijo que así no me iba a poder ir, que me quedara. Le dije que ahorita escampaba y me pediría un taxi. Insistió en que podía quedarme, hice un gesto amable con la cara y bebí de mi trago. En el televisor continuaban dando noticias.

Fue a la cocina, trajo galletas y mantequilla. Me ofreció. No quise. Me sentía a gusto solo con el trago. Al cabo de un rato me repitió lo confuso de haber sentido siempre esta curiosidad, siendo heterosexual, y me preguntó si eso era algo raro. Le dije que en lo absoluto y le aseguré que era más común de lo que imaginaba.

«¿¡Verdad!?», exclamó con alivio, como si se hubiese quitado un peso de encima, o al menos una parte. Le dije que los hombres heterosexuales se debían esa conversación entre ellos. Me respondió que sí, pero que era complejo, que había una sociedad que había definido unas normas y que castigaba a quien las incumplía.

«Bueno, qué podré explicarte yo a ti sobre eso», continuó mientras miraba para el televisor y masticaba. «Tú eres tan real… y hay tanta gente con disfraces en esta Habana».

Me pidió que fuera discreta. «Sé que suena cheo y eso, y que debes escucharlo muy a menudo», reconoció. Respiré profundo, le dije que estuviera tranquilo. No tenía interés en comentar nada de aquello. A mí también a veces me avergüenza admitir que he salido con tipos que nos esconden.

Solo le avisé que probablemente escribiría, porque la escritura y el deseo son políticos también, y que no pondría su nombre real ni otro detalle que pudiera identificarlo.

En un momento cayó un rayo muy cerca que nos ensordeció. El televisor perdió la señal. Alberto lo desconectó. «Creo que vas a tener que quedarte», dijo sonriente. Me gustaba verlo en calzoncillos por el apartamento y escuchar, al mismo tiempo, el sonido de la lluvia.

Hablamos de nuestras relaciones, él de la mujer con la que estuvo durante 5 años, del amor que un día se acaba porque no solo de amor vive una relación, y de un par de aventuras de su loca vida este año soltero: citas, mujeres, bares, sexo, viajes, caprichos.

Yo le hablé del patrón de mis relaciones pasadas, de mi miedo al abandono, del trauma de las subalternas. También de Miguel, el muchacho con el que me había visto en Melodrama. «Otro de quien fui su primera vez, pero creo que no estábamos preparados para estar juntos, más mis desconfianzas y protecciones que terminaron alejándolo», le expliqué. «O tal vez terminó su experimentación y ya está», añadí.

Notamos que había dejado de llover y entonces me pedí un carro. «¿En serio te vas a ir?», me preguntó, y puso una música que me parecía melancólica. Una banda inglesa, según me dijo, de un nombre que no grabé. La luz amarilla de la lámpara de la mesita seguía igual de angustiante y opresiva para mí. «Sí, me quiero ir», le dije. Me miró fijo unos segundos, bajó la mirada, recogió los restos de galletas.

Los minutos que transcurrieron hasta que llegó el taxi nos mantuvimos en silencio. Cada uno revisaba su celular. Le envié a Miguel un mensaje que decía «te extraño». Cerré el chat, me recliné en la butaca y me concentré en la música.

Para cuando el taxista me avisó que estaba abajo, había empezado a llover con fuerza de nuevo. «Gracias por venir», me dijo Alberto y nos abrazamos. Cogí mi bolsito y ya en la puerta me preguntó si iba a volver otro día. Le dije que sí por decirle algo. Salí a la calle y corrí hasta el taxi para no mojarme mucho. Parecía que el mundo se iba a acabar.

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