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Maykel González Vivero

Maykel González Vivero

Periodista y activista LGBTI. Tuvo un blog mientras se lo permitieron y se llamaba El Nictálope, porque siempre ha presumido de ver bien, como algún animal de la noche. Echa de menos la radio y el insomnio que le favorecía antes para escribir. Ahora escribe cuando puede, donde puede colaborando con varios medios cubanos y extranjeros.

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Pedofilia o derechos LGBTI+: La rapera Danay Suárez trae a Cuba un debate inspirado por el fundamentalismo cristiano

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Danay Suárez
Danay Suárez. Foto: Facebook.

Una carta abierta que relaciona la pedofilia con las demandas de la comunidad LGBTI+ ha provocado una gran polémica durante esta semana en Cuba, luego de la reacción indignada de decenas de activistas y de varias organizaciones defensoras de los derechos gais, lesbianas, trans e intersexuales.

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Las «garrapatillas» de Mariela Castro

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Mariela Castro
Mariela Castro.

Mariela Castro Espín provocó otra polémica este martes cuando inauguró en línea, para respetar el aislamiento, la jornada anual contra la homofobia y la transfobia que organiza desde 2008 el Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex).

Durante la transmisión que hizo en compañía del abogado Manuel Vázquez Seijido y del periodista Francisco Rodríguez Cruz, la diputada, funcionaria y activista LGBTI aprovechó para calificar de «baratijas» y de «garrapatillas» a quienes hacen activismo fuera de las instituciones estatales en Cuba. 

En la tradición de la revolución cubana, quien habla sin amparo oficial es descalificado por prejuicio y a la primera. Para el anticastrismo militante, desde la orilla de enfrente, cualquiera que hable desde las instituciones también queda descalificado. 

Para no seguir ese juego al ocuparme de Mariela Castro y por mostrarla como merece, hay que decir que ha impulsado los derechos LGBTI en todas las instancias donde pudo influir y que ha peleado por ellos en el parlamento cubano, tan cerrado a cualquier debate. El prestigio que tiene entre las organizaciones internacionales que promueven esta agenda, se lo ha ganado. 

Los servicios de asesoramiento jurídico, educativo y de salud ofrecidos por Cenesex favorecen decisivamente la aspiración de igualdad de la comunidad gay, lesbiana y trans en un país que ha tenido políticas más homofóbicas y transfóbicas que otras naciones occidentales, en particular después de la revolución cubana. 

Para la comunidad LGBTI, el trabajo de esa institución y los espacios de discusión que ha propiciado fueron una revolución. Desde lejos y con otras perspectivas se les ha calificado de «pinkwashing». Aquí, en la vida cotidiana, Mariela ha sido percibida, por ese liderazgo carismático que ejerce en tono de mujer «pajarera», como un hada madrina todopoderosa.  

El nombre de Mariela es un talismán para los maricones arrestados en un sitio de encuentro o para las trans rechazadas a la hora de pedir empleo. Es una «jefa» que inspira una devoción, a su escala, como la que la mayoría del pueblo cubano dedicaba a Fidel Castro. 

Esa especie de culto no es saludable para el funcionamiento de las instituciones, pero está naturalizado en Cuba y la gente lo justifica, de seguro por falta de otras experiencias de participación política. No sé cómo se ve ella misma ni si critica, aunque sea a ratos, cuando más revolucionaria se pone, ese modelo.  

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Donde Cenesex y Mariela Castro no aportaron nada al activismo LGBTI fue en materia de horizontalidad, transparencia y coherencia, algunas de las condiciones que el movimiento, cada vez más crecido y ambicioso, exige. 

Que una persona heterosexual y cisgénero, no pájara, no tuerca, no travesti, sea la activista más conocida y autorizada del país, revela la incoherencia sobre la que se levanta el activismo oficial. 

Mariela Castro también acostumbra a presentarse como una heredera acrítica de un proyecto social que excluyó la disidencia sexual. Cuando ha tenido que tomar partido, como pasó en 2018 cuando los políticos cubanos suprimieron el artículo sobre el matrimonio igualitario y acordaron someterlo a consulta dentro de dos años, se alineó con la posición oficial y pidió a sus seguidores que se traicionaran por seguir leales al sistema y que la imitaran. 

Hay un momento que sella la suerte de Mariela Castro como activista y deja intacta a la funcionaria. Ese dilema en el que vivió por años quedó resuelto el 11 de mayo de 2019, el día que centenares de personas LGBTI y sus aliadas marcharon por La Habana para protestar por la cancelación de una de las iniciativas callejeras que la propia Mariela promovió durante una década. 

Tuvo que hablar en la televisión y le salió voz de funcionaria. Dijo entonces, con la activista ya negada y sin aportar evidencias, que la marcha independiente no fue legítima, que la pagaron los enemigos del gobierno y que no merece figurar, a diferencia de lo que piensan quienes la calificaron como «el Stonewall cubano», en la memoria LGBTI de la isla y del mundo. 

Su actitud ante el 11 de mayo, la única que podía tener una funcionaria, liquidó el prestigio de Mariela como activista. Las imágenes violentas que están en la memoria de todos fueron la respuesta del gobierno para la ciudadanía LGBTI.   

Algunas de las «garrapatillas» aludidas ayer tuvieron que exiliarse después del 11 de mayo. Otras siguen en Cuba y se esfuerzan por trabajar con independencia a pesar de los límites legales que les impone el propio gobierno cuando les impide asociarse legalmente y gestionar fondos, como hace Cenesex. 

La metáfora de las «garrapatillas» recuerda otras frases polémicas de Mariela con ese mismo sabor popular y es muy precisa en este caso. Los activistas fuera de control son bichos que pican. La diputada, intoxicada como está de activismos desobedientes, quiere usar un insecticida. El 11 de mayo terminó con arrestos. La plaga se trata con spray. 

Ayer Mariela atribuyó falta de «cultura política» al activismo LGBTI independiente, pero debe leerse solo como falta de adhesión al proyecto social autoritario del Partido Comunista de Cuba. Entre esos activistas hay liberales y simpatizantes de las sanciones estadounidenses, pero también anarquistas, comunistas libertarios y anticapitalistas.

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Mariela da la respuesta tradicional que tenía la clase política en Cuba para la oposición conservadora como si no tuviera otra que dar y se hubiera quedado sin palabras adecuadas para los «elvispreslianos» que decía Fidel. 

¿Qué tiene que decir Mariela Castro a quienes desaprobamos la injerencia estadounidense en los asuntos de Cuba y además rechazamos el estilo autoritario del gobierno cubano?

Esta respuesta anacrónica, esta incomprensión, como si fueran pocas sus anteriores pifias y metáforas insultantes, le sale más cara que el silencio ante las «baratijas» que ya marcharon por La Habana, contra la tradición, sin la Casa Blanca y sin la Plaza de la Revolución. 

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