Ángel, el proxeneta que me invitó a vivir en su casa


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La casa de Ángel (Fotos: Mel Herrera)

–Cualquiera se come un cable contigo –escucho a mis espaldas y me volteo despacio. Esto, que al parecer debo tomar como un piropo, ni siquiera estoy segura de que sea conmigo.

Al tipo, cuarentón, piel cobriza, ojos de diablo, lo vi hace un rato en el alquiler del que acabo de salir. Está sentado en un triciclo bajo la sombra de un árbol. Desde ahí me dice: «Sí, es contigo, linda. La verdad, cualquiera se lo come».

Le reviro los ojos y sigo. Viene detrás de mí caminando al lado del triciclo. Me pregunta si por fin me gustó el alquiler. «Por la cara con la que saliste, creo que no», me dice. No le contesto y me pide que no sea pesada. Se me adelanta y me corta el paso al llegar a la esquina de Calzada y D.

–A ver, niña, me presento. Me llamo Ángel, aunque de ángel no tengo un pelo. No soy un acosador. Soy un ex proxeneta, fui prófugo de la justicia, pero ya estoy libre. No tengo por qué decirte nada de esto, pero es pa’ que veas que no tengo nada que esconder ni tengo malas intenciones. Te vi buscando alquiler en casa de mis amistades. Vi que eres preciosa y te esperé. Yo tengo algo que a lo mejor te cuadra. Y mucho más barato.

Su propuesta es alquilarme la casa donde él vive. Me niego aunque, como ha repetido para que no me resista, esté ubicada en Línea y 2.

–Muchacha, que no te voy a hacer nada. Mira, los alquileres todos están carísimos, más por esta zona. Con ir a mi casa y verla no pierdes nada.

Dulcifica la voz y me dice que no le tenga miedo, que ya no muerde. «Soy el ángel que te enviaron hoy». Al final me convence más la curiosidad de meterme dentro de la mente de un hombre como él, que la oferta de su casa.

Bajamos caminando por la calle D hasta 3ra. huyendo del tráfico caótico de Línea. «¿No me vas a decir tu nombre ni a qué te dedicas?», me pregunta. Le respondo que me llamo Mel y que estudio economía, pero que también escribo.

–Ah, escribes, pues con más razón tienes que venir conmigo. Ay, mija, ¡la de historias que te puedo hacer!

–No sé si quiera saberlas.

–Bueno, yo te doy la oportunidad de contar cómo vive un tipo como yo cuando se acaban los años de gloria y deja todo atrás. Tú la coges o no.

Avanzamos una cuadra y acordamos que lo mejor sea que me monte en la parte delantera del triciclo. Así llegamos más rápido. Me monto. Doblamos por 3ra. en busca de la intercepción con 2. Vamos despacio. Por el camino me pregunta si tengo novio y no entiende cómo es posible que no tenga.

–Tú estás pa’ que te pongan una casa con de todo. Yo en otro tiempo te tuviera como una reina.

Se seca el sudor con una toallita y repite que cualquiera se come un cable conmigo. Pongo los ojos en blanco y le digo que él no tiene idea de cuánto detesto esa frase.

–Pero por qué, chica, ¡qué complicada eres! –ríe y hace una mueca por el sol–. Lo que quiero decir es que pareces niña de nacimiento. Lo que yo soy un especialista… Me doy cuenta enseguida.

–¿Cómo te dicen, el detector de las mujeres trans?

–No, chica, pero fueron muchos años trabajando con travestis, con transexuales, luchando en la calle, tú sabes, y tengo un ojo muy fino pa’ eso.

Me pide que me baje la mascarilla. Quiere ver mi rostro entero. Le advierto que si me ponen una multa la va a pagar él. Me la bajo y me dice que tengo unos labios muy lindos, que paga la multa complacido. Nos reímos. Empieza a caerme bien. Al segundo pienso en las mujeres que habrá violentado y obligado a acostarse con tipos, y ya no me agrada tanto. ¿Qué hago yo montada en ese triciclo por El Vedado con un tipo como Ángel? Peor aún: ¿qué hago yendo a su casa?

Le hago preguntas personales para relajarme. Entre el pedaleo y sus pausas para secarse el sudor, me cuenta que tiene una hermana trans y que está desaparecida. Vive en Moscú y desde enero no sabe nada de ella. Le confieso que ese es el último lugar del mundo al que yo emigraría siendo trans.

–Nosotros somos de Granma. Vinimos pa’ La Habana de chiquitos. Y aquí, tú sabes, tuvimos que hacer de todo.

Paramos en una cafetería para comprar yogurt natural y un pastel de guayaba. «¿Quieres? Es una mezcla rara, pero no hay más na’». Le digo que sí con la cabeza y entra en la cafetería.

Yo espero fuera, en el triciclo. El sol empieza a picarme al cabo de unos minutos. Es el momento para bajarme y decirle que me regreso a mi casa, que no me interesa ver la suya, que voy a seguir buscando alquileres, que me ha entrado miedo, que no sé qué hago andando con él, que…

–El yogurt no está muy frío –regresa con un litro y me extiende el pastel–, pero lo ponemos a enfriar cuando lleguemos.

Me los acomodo en los muslos y seguimos.

–Suerte que ya tengo refrigerador. Todo me lo decomisaron. Me dejaron sin nada. Me quitaron el aire acondicionado, el televisor plasma, una moto que me había comprado, pa’ qué contarte… Lo que yo me he ido comprando cositas de nuevo poco a poco, pinchando como loco en lo que sea. Lo mismo hago mudanzas con el triciclo, mandados, que pinto una casa o revendo cosas que me da la gente.

–Qué bien, te estás ganando el dinero que sudas tú, no ninguna mujer.

–Oye, ¡qué mala me has salido tú! –dice y suelta una carcajada.

Llegamos a su casa. Es apenas un apartamento dentro de lo que fue una casona. Alrededor del patio interior hay más apartamentos. No se escucha nada. Demasiado silencio, salvo por los carros que pasan. Una mujer me observa desde el final del pasillo mientras Ángel abre la puerta de su casa.

–No te fijes en el reguero, mija.

Entramos y me recibe un fuerte olor a nicotina. Hay mal olor en general y el espacio es reducido. En la misma pieza de la sala hay una cocina pequeña, un baño y una escalera a la barbacoa donde está el cuarto. Hay bolsas con ropa por doquier. «Ropa para vender», me dice. «Igual que esa porcelana que está en la mesita de centro y aquel reloj de pared». Se quita la camiseta y me pregunta si tomo café. Le respondo que sí. Quiere saber cuál es mi nombre verdadero y le recuerdo que ya le dije cómo me llamo.

–A ver, chica, yo te pregunto por el nombre tuyo original, el del carné.

–¿Y para qué quieres saberlo?

–Eso es bueno saberlo por temas legales, de policía y esas cosas.

–Ah claro, cuando tenga problemas legales o con policías ellos manejarán a nivel legal mi nombre de nacimiento, pero tú no eres ni jurista ni policía.

–¡Solavaya! Vale, niñita. No te pregunto más lo del nombre.

Le explico que es una pregunta que no debe hacerse a una persona trans, no sé qué sentido tiene saberlo, además, cuando es un nombre que muchas rechazamos. Luego de salir de lo que parece una profunda reflexión, me dice que en realidad yo no soy trans. «¿Tú estás operada? Trans o transexuales son las que están operadas».

–Tú no me vas a explicar a mí lo que soy ni tengo tiempo ahora para explicarte la historia médica de la transexualidad y cómo han normalizado que ser trans es operarse.

Repite que soy complicada mientras llena el gorrito de la cafetera. Cuando está el café, lo sirve y se sienta a hacerme la historia de sus 15 tatuajes y qué representan. La mayoría, mujeres, amores, familiares, desgracias. Interrumpe para decirme que soy muy sexy, que le perdone tantos halagos, que soy esbelta, tengo pinta de modelo o bailarina, un cuello largo.

―¿No te gustaría vivir conmigo? Yo de todos modos no paro aquí. Ando todo el día en la calle ―propone.

Le soy sincera: el lugar es muy bueno, pero la casa no me gusta. Su compañía tampoco. No me fío. Le digo que necesito estar sola, no compartir casa ni cuarto. Y sobre todo sentirme segura. Se apresura a decirme que si mi temor es que él pueda ser un abusador o un loco que vaya a hacerme algo, puedo estar tranquila, que ni con las mujeres que trabajaba fue así.

–A lo mejor le di a alguna, pero sería por algo muy raro. Yo no soy un hombre violento.

–Depende de lo que entiendas por violencia. Lo que tú hacías con ellas era violencia.

–Sí, pero yo no las obligaba. Les salvé la vida a unas cuantas. Ellas querían hacer dinero, venían a donde estaba yo y negociábamos. Y me metía en problema con malanga por defenderlas a ellas.

Le confieso que tengo una curiosidad tremenda por saber cómo se llega a ser proxeneta, qué pasa por la cabeza de un aspirante a chulo, y me responde que nada, no pasa nada. O bueno, sí. Dinero, dinero, hacer «balas», salir de la miseria.

 ―Y pasa que un día estás saliendo con la jevita tuya y un yuma te la vacila, te quieres fajar con el yuma, pero piensas con la cabeza y dices «espérate, vamos a joder al yuma y quitarle unos cuantos billetes». Y luego vino otro punto, vinieron otras mujeres y así. Siempre he sido un imán para los yumas y las mujeres, los trans, los travestis. Un día estás en la gloria, lleno de fulas, comprándote de todo y al otro estás prófugo de la policía, te agarran, te lo quitan todo y vas a cumplir».

Sigue hablando, como si necesitara contarlo todo.

―Sales del tanque y no tienes a nadie. Todas las mujeres se han encaminado en la vida. Estas más viejo, más solo, ni siquiera tienes un chama. Eres un comemierda y ya estás marcado para siempre como proxeneta. Y además estás todo jodido. Salí antes de tiempo porque me dio cáncer de colon y tengo hecha una colostomía. Aquí, aunque tú no lo notes, tengo una bolsa en el estómago».

Llevamos hablando alrededor de una hora. El yogurt se ha enfriado un poco. Me sirve un vaso, pero enseguida que me lo trae me da asco. El vaso, la cuchara, los granos de azúcar prieta flotando en el yogur, el hedor de aquel lugar. Todo. Le digo que me disculpe pero que no puedo tomarlo. Culpo a las hormonas nuevas. Me tienen con revoltura.

–Muchacha, toma, está rico. Yo no le eché nada –se ríe–. Bueno ahí lo dejo en el frío por si más tarde quieres.

Subimos a la barbacoa. Insiste en que debo ver toda la casa y pensármelo. El cuarto no tiene ventanas, solo está alumbrado con luces de colores. Hay un televisor LG encendido, un aire acondicionado viejo y ruidoso, más ropas, cortinas, una cama mediana, una mesita de noche llena de papeles, apuntes, teléfonos, pañuelos, cabos de cigarro, condones. Una navaja que, cuando la veo, se la guarda en la billetera. «No sé qué hace aquí. Siempre la tengo arriba por si acaso».

Hay fotos de mujeres en una pared. Me dice que son las mujeres de su vida. Y es así que me habla de Omara, «la más loca de La Habana, pobrecita, de verdad le faltaba un tornillo, ¡hacía cada cosas!». A Sandra, «de las trans más lindas que he conocido. Al final se enamoró de un yuma, se casó con él y dejó las calles. Me dejó embarcao».

–Hizo bien –le digo y se echa a reír.

Me habla de Amalia, «la del lunar en el bollo, ¡cómo olvidarla!». Deborah, «una clase de mulata que tate’quieto. Esa apuntaba pa cualquier bando». Aprovecho y le pregunto si alguna vez estuvo con una mujer trans. Me asegura que ha estado con todos los tipos de personas habidos y por haber.

–Yo soy moderno, mi niña –me explica–. Soy bisexual, pero eso no lo sabe todo el mundo. Ni en la prisión estuve con hombres. Había trans y, depende, si parecían mujeres de verdad, las aislaban, porque lo que se armaba entre los bugarrones disputándoselas era del carajo. Si no parecían mujeres, las dejaban con los hombres y algunos las hacían sus parejas allá dentro. Pero yo nunca estuve con ninguna. Tampoco tengo ningún problema con eso. Por ejemplo, tú me encantas…

Inmediatamente me avisa que va al baño y baja de la barbacoa. Al cabo de un rato entro en pánico. Me empiezo a preguntar qué hago en ese cuarto, qué estará haciendo en el baño, o allá abajo. ¿Bajo o me quedo? ¿Por qué estoy nerviosa? ¿Y si no me deja salir? ¿Y si saca la navaja? El celular se me ha descargado. Este cuarto es hermético, no se oye nada, solo el ruido del aire acondicionado y los muñequitos que hay en el televisor.

Los muñequitos me empiezan a parecer macabros, siempre me ha parecido que lo son, ¿cómo es que le ponen eso a los niños? ¿Por qué este hombre se demora? Debe ser por la bolsa del estomago que me dijo. Los rostros de las mujeres en la pared me empiezan a doler, siento que me miran, que me alertan algunas. ¿A qué he venido? ¿Qué busco? ¿Y esta faceta mía de ave de rapiña, queriendo revolcarme en la mierda y la pudrición humana?

–¡Niñaa! –me grita desde abajo y brinco–. Piénsatelo. Tú sabes a cuánto están los alquileres. Aquí yo no te voy a molestar en nada, puedes acomodar esto a tu gusto y me pides dinero para comprar lo que quieras.

Siento su voz más cerca. Debe haber salido del baño.

–Lo único que tendríamos que dormir en la misma cama, pero yo no te voy a tocar ni un pelo, a no ser que quieras –me dice subiendo ya a la barbacoa. Luego sonríe y siento un peligro inminente.

―Creo que ya me voy ―le aviso y me aclara que está bromeando, que me relaje.

Le digo que ahora soy yo la que necesita ir al baño y me explica cómo debo descargar la taza.

―Cuando subas te voy a enseñar unas ropas, a lo mejor te interesa ese negocio ―me dice.

Abajo agarro mi bolso y abro la puerta con mucho cuidado, sin hacer ruido. Estoy temblando. Salgo apresurada y en Línea paro el primer carro que pasa en dirección contraria a donde debo ir. Lo único que entiendo es que debo alejarme de allí. A donde sea, al fin del mundo, donde no haya ángeles.

Mel Herrera

Mel Herrera

Escritora y activista

Comments (1)

  • Mel Herrera: ·Ángel, el proxeneta que me invitó a vivir en su casa· - Incubadora

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    […] Excelente crónica de Mel Herrera sobre el imaginario de un proxeneta: «Soy bisexual, pero eso no lo sabe todo el mundo. Ni en la prisión estuve con hombres. Había trans y, depende, si parecían mujeres de verdad, las aislaban, porque lo que se armaba entre los bugarrones disputándoselas era del carajo. Si no parecían mujeres, las dejaban con los hombres y algunos las hacían sus parejas allá dentro. Pero yo nunca estuve con ninguna. Tampoco tengo ningún problema con eso. Por ejemplo, tú me encantas…» Para seguir leyendo… […]

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