Alicia Alonso: la bailarina que quiso ser leyenda


977 Vistas
Ilustración: Rafael Alejandro García

La noticia de su muerte me impactó. Tras años de oír su nombre, verla bailar, saberla cada vez menos capacitada para hacer lo que mejor hizo en vida: estar en el escenario; ahora de pronto Alicia Alonso fallecía.

El acontecimiento también nos recuerda las referencias a su edad casi centenaria, las bromas, crueles no pocas, que se fundaban en su larga existencia, y en las anécdotas que brindan una visión muy contrastada del ser humano que fue. Una imagen que en el espejo de sus apariciones como bailarina la hace más nítida como una artista de talento excepcional. Una de las hijas de esta Isla tan convulsa que supo ganarse el rango de leyenda, y que nos identificaba incluso en las conversaciones con quienes jamás pagaron una luneta para verla en Carmen, El lago de los cisnes o Giselle.

Alicia Alonso se sobrepasó a sí misma. Como carácter, como genio de la danza, como leyenda viva por un tiempo muy extenso, en el que alcanzó a ser la medida de sí misma y de quienes le acompañaron en la empresa delirante de fundar en Cuba una compañía de ballet que pudiera competir con las ya establecidas. Junto a los hermanos Fernando y Alberto Alonso consiguió eso y consiguió más. Discípula de Yavorski, en los años de Pro Arte Musical, fue creciendo a través de maestros y experiencias, que iban desde la comedia musical en Broadway hasta el American Ballet Theater, en cuyas temporadas deslumbró por sus impresionantes condiciones físicas, su exactitud en la línea y los pasos, su perfil inconfundible y su capacidad francamente inusual para dar una estatura sicológica a sus personajes.

Como María Callas, ella no se limitaba a seguir la pauta: dio en escena ese extra que solo corresponde al talento genuino, y ofreció a numerosos roles un toque personal que no ha podido ser ignorado desde entonces. En 1948 se produce la función inaugural del Ballet Alicia Alonso, que con el tiempo se convertiría en el Ballet Nacional de Cuba. Una compañía en la cual cristalizaron las búsquedas e interrogantes que los Alonso querían añadir al panorama cultural de un país al que tanto dieron. Pero ella fue siempre, quiso ser siempre, la protagonista.

A todo ello hay que sumar sus batallas personales. Por un desprendimiento progresivo de sus retinas, accedió a operarse una y otra vez, sin dejar de bailar nunca. En una corte en la que fascinaban muchos otros talentos (mencionemos tan solo a las Cuatro Joyas), ella era Giselle y otros personajes, pero al mismo tiempo era Mirtha, la férrea reina de las Willis, que con un movimiento de su mano podía condenar o salvar. Comprometida con el gobierno revolucionario, bailó Avanzada, bandera roja en mano, en escenarios y tarimas a unos metros de las trincheras. Se divorció de ese caballero que fue Fernando Alonso, y tal como ocurrió con numerosos disidentes de la compañía, mencionarlo en presencia de sus fieles podía ser un paso en falso.

A fines de los años 80, su partenaire por excelencia, Jorge Esquivel, abandonaba la compañía en pos de una carrera personal que intentó alzar ya demasiado tarde. Ahora que la Alonso pasa a otra dimensión, tendrá también que empezar a contarse la historia de esas entradas y salidas, no pocas veces intempestuosas, a fin de recuperar todos los nombres que, por tantas décadas, han sido el BNC. Y que estén ahora mismo donde estén, saben que haber compartido con ella un instante los ayudó a definirse, a retarse, y a hacerse otras preguntas.

Anthony Tudor, Jerome Robbins, Agnes de Mille, Alberto Méndez, son solo algunos de los nombres que coreografiaron para ella. Tuvo como pareja de baile a hombres excepcionales, desde Youskevitch y Plizestki, a Nureyev o Erik Bruhn. Fue la Taglioni en su versión del Grand Pas de Quatre, encabezando un cuarteto de notables bailarinas; y la Yocasta del Edipo Rey de Jorge Lefebre. Insistió, cuando ya la visión apenas le acompañaba, en seguir coreografiando. Para borrar de mi mente esas piezas de líneas previsibles, ahí están, en Youtube, muchas de sus actuaciones más felices, como su Giselle junto a Vladimir Vasiliev, cuando ya tenía casi 60 años. 

Alicia Alonso y Reyes Fernández en Giselle, en 1960. (Foto: Wikicommons)

«Ella nació para que Giselle no muera», dijo un crítico célebre. Cuando reapareció ante el público norteamericano ―llegó desde la Cuba de Castro a los escenarios que había abandonado―, volvió a tener flores a sus pies, como en aquella noche mítica en la cual, sustituyendo a Alicia Markova, se robó para siempre el papel de la campesina que muere para convertirse en un espíritu del bosque. En esos momentos, ella fue la perfección. Y ante esa demanda, las anécdotas hirientes de cualquier biografía deben, si no diluirse, sí al menos ser contadas desde la dosis de respeto y entendimiento que nos exigen las enseñanzas más arduas.

Un teatro en La Habana, el más lujoso y añejo de todos, lleva su nombre. No alcanzó a ver los 500 años de esta capital, a la que ella misma perteneció por casi un siglo. Reliquia y leyenda, fue también un símbolo, y no solo de la danza. Su vida, que ha sido contada con tintes de hagiografía, ahora podrá empezar a narrarse desde otras perspectivas. Los testimonios de quienes la amaron, respetaron y odiaron podrán acumularse para que tal cosa, ya impostergable, al fin suceda. Pero seguramente, aun cuando ocurra todo eso, el prestigio que ella se labró, bailando casi a ciegas pero de manera inmejorable bajo un haz de luz, pasará por encima de todo eso.

No tengo anécdotas personales con Alicia Alonso. No me senté a preguntarle algunas cosas, como sí pude hacer con su hija Laura, o con Fernando, ese hombre tan inteligente y tan pródigo. Tengo con ella una foto, cuando coincidimos a la salida de un teatro. La recuerdo bailando en esa pieza de Lefebre, y luego siendo conducida de mano en mano por los bailarines, a fin de protegerla en su ceguera, ante el público. De alguna manera, acceder a ella, cada vez más celosamente protegida por sus fieles o presuntos herederos de poder, se fue haciendo más y más difícil. Su leyenda entraba, antes que su presencia, en cualquier habitación. Me pregunto si los que eligen únicamente denostarla pueden hacer esos ocho pirouettes consecutivos que ella consigue en una de las filmaciones de El lago de los cisnes. Y si los que hablan de ella en términos de éxtasis recordarán que fue esencialmente una mujer que se supo siempre en términos de lucha, en pos de ese protagonismo del que fue generalmente tan celosa, como cuando se las arregló para «robarle» a la Plisestkaya el rol de Carmen. Me dolió saber que ya no estará más, y que nos espera un duelo en su nombre. Me alivia, en todo caso, saber que ahora su mito nos pertenecerá de otro modo. Y con él, también, la persona que quiso, y logró, ser una leyenda.

 

Nota del editor: Este texto representa la opinión de su autor, y no necesariamente la de Tremenda Nota.

Comments (1)

  • Avatar

    Marivi Véliz

    |

    Bello texto.

    Reply

Haz un comentario