Adiós a la bailarina roja


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Alicia Alonso bailando La avanzada, 1964. (Foto: internet)

Tantas veces la mataron que los medios no se atrevieron a publicar la noticia de su muerte hasta la confirmación absoluta. El mediodía del jueves 17 de octubre de 2019 la bailarina roja, una de las más destacadas de su generación, cerraba los ojos en La Habana.

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Alicia no lo supo hasta cierto momento en que un acto de despedida en el Museo Nacional de Artes Decorativas rompió el silencio. Para ese acto, ella le había pedido a su secretaria, Alicia Cruz, que mandara a imprimir un membrete con su propio nombre: Alicia Alonso, Ballet Nacional de Cuba. Varios días después, la persona que debía traer el impreso no había aparecido. Entonces Alicita le dijo a Alicia: «Mire, vamos a arreglar lo del papel, porque aquí está Virgilio Calvo, el funcionario de Cultura encargado». 

Sin embargo, Calvo no había entendido de qué «papel» se trataba; solo había atinado a pensar en otro muy diferente: el programa de Maya Plisétskaya, la bailarina soviética que decidió bailar Carmen, pero jamás Giselle, en tierra de Alicia. Cuando Alicita llamó al muchacho frente a la prima ballerina assoluta, él solo supo decir: «Alicia yo le juro que no tuve nada que ver con eso. Yo la respeto mucho; yo nunca en mi vida hubiese hecho eso; yo la admiro muchísimo… Eso fue un error…»  Y Alicia, que obviamente no era boba, le preguntó a su secretaria: «¿Qué es lo que pasa, Alicita?». Y la secretaria le tuvo que decir. 

Maya había realizado una función especial para las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). El programa de su presentación se había impreso en un volante que aseguraba: «El Ministerio de las Fuerzas Armadas de Cuba se complace en presentar la función de El lago de los cisnes, con Maya Plisétskaya, la más grande bailarina del mundo».

De poco sirvieron las explicaciones para atenuar las reacciones de Alicia: que en aquellos momentos las relaciones con la Unión Soviética debían mantenerse impecables, que cualquier tirantez cultural era de alguna manera una tirantez política, que tenían que rendírsele a Maya todos los honores igual que a la Madre Patria soviética. Ese día la prima ballerina assoluta debió haber volado hasta la oficina de Fernando Alonso, su esposo, fundador del Ballet Nacional de Cuba.

Por casualidad, el actual historiador del ballet en Cuba, Miguel Cabrera, y el escritor Eduardo Heras León, entonces dos jóvenes, habían acordado encontrarse con Fernando Alonso poco antes de que Alicia irrumpiera como un ciclón imprevisto en la oficina.

En La Habana no se hablaba de otra cosa que no fuera de la presentación de la Plisétskaya. El joven Eduardo Heras León estaba entusiasmado con la entrevista que había acabado de hacer a la bailarina rusa. De repente, su animado diálogo, que ya incluía a Fernando, fue interrumpido por una ráfaga. 

—Fernandooooo —gritó Alicia—. ¡Yo no tengo que soportar eso, y menos en mi Patria!

Luego la prima ballerina assoluta salió y tiró la puerta.

—Han presenciado ustedes la ira de una diva —dijo Fernando mirando a los dos jóvenes.

Alicia Alonso en Carmen. (Foto: Colección del Museo Nacional de la Danza de Cuba)

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Esa no fue la Alicia que yo conocí. El 14 de septiembre de 2016, cuando escribí y publiqué mi primera nota como periodista, a quien tenía delante era a una señora tan anciana que, a duras penas, podía sostenerse en pie por breves minutos. Todo el tiempo iba de la mano de su esposo, Pedro Simón, una especie de novio que aún no había nacido cuando ella ensayaba sus primeros fouettés en el American Ballet Theatre. En la nota, yo hablaría sobre una Alicia que no tenía enfrente, sino sobre una muchacha que el 15 de septiembre de 1956 plantó sus pies en el Stadium Universitario de La Habana en nombre del ballet que encabezaba y al que el gobierno de Fulgencio Batista pretendía asfixiar con un recorte del presupuesto. Alicia ha dicho que ese día, frente a 20 000 personas, bailó con lágrimas. 

«La noche habanera arde con esa función donde se contempla por única vez a Alicia Alonso danzar La muerte del cisne. La coreografía de Fokine se llena de nuevos significados: la que muere no es simplemente un ave, sino toda una institución, el Ballet de Cuba, al que el Instituto Nacional de Cultura ha cortado la subvención estatal. La música de Saint-Saens subraya esta protesta y embarga en singular tristeza a los espectadores en la gradería», escribió en 2010 el crítico Roberto Méndez.

Fue a partir de esa noche que se tejió la leyenda de la bailarina roja, la rebelde que apoyaba (apoyaría) a otros rebeldes. La destinataria de palabras como las de Fidel Castro: «Alcanzaste los más altos laureles del mundo antes del triunfo de la Revolución. Solo excepcionalmente alguien puede realizar esa proeza». 

Pero no estuvo esa mujer frente a mí la única vez que tuve a Alicia a dos pasos. Lo que había ante mí, repito, era la indefensión, la paz ingenua que adquieren las personas cuando completan largas vidas. 

Tantas veces la mataron que los medios no se atrevieron a publicar hasta que la noticia no estuviera confirmada, reconfirmada, vuelta a confirmar: al mediodía del jueves 17 de octubre de 2019 la bailarina roja, una de las más destacadas de su generación, cerraba los ojos. Si para Alicia la vida consistía en bailar, seguramente estaba muerta desde la última vez que interpretó Giselle, el 2 de noviembre de 1993. 

Aunque ese día yo era un feto en el vientre de mi madre y faltaban 23 años para que tuviera a Alicia delante, el vestido de Giselle que está expuesto en el Museo de la Danza y que alguna vez vi me trasladó al momento en que la bailarina roja quebró los pronósticos y dejó a los balletómanos ―uno de los públicos más exigentes y estrafalarios del mapa artístico― con las bocas abiertas. Las mismas bocas abiertas las vería la prima ballerina assoluta en la noche de 1943, en Estados Unidos, cuando debutó en total sorpresa frente a un público que no la esperaba a ella sino a su tocaya, la bailarina Alicia Markova. Para esa fecha la Alonso iba a cumplir 23 años, pero ya le estaban arrancando del pie una zapatilla ensangrentada para «la posteridad». 

Los trajes que usó Alicia Alonso como Giselle (izquierda) y Carmen (derecha) están expuestos en el Museo Nacional de la Danza, en La Habana. (Foto: todocuba.org)

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A la Historia del Ballet adonde Alicia entró, no es posible acceder siempre.

A la prima ballerina assoluta había dos cosas que no le gustaban ni en dosis mínimas. La primera: que lastimaran su ego. A ella no le agradaba, por ejemplo, que hubiera otra bailarina roja, llamada Maya Plisétskaya, ríspida, pero considerada por la mayoría de los especialistas en danza como la bailarina más destacada de la segunda mitad del siglo XX. 

Los oficiales de las FAR que coordinaron la presentación en Cuba de Maya Plisétskaya no eran conocedores del ballet ni midieron que Alicia podía enterarse de aquella ofensa inadmisible. 

«Yo había escrito una nota crítica sobre las interpretaciones de Carmen por Maya y Alicia que no se había publicado, pues en ella yo tomaba partido por la nuestra, y en aquellos momentos en que las relaciones con la Unión Soviética debían mantenerse impecables, algunos consideraban que hacer comparaciones en el terreno de la cultura significaba, de alguna manera, hacer comparaciones en cuanto a lo político. De ahí que mi nota no saliera hasta que, a petición de Dorticós, y quizá porque se percataron del “error”,  los compañeros de la prensa accedieron a publicar el texto», cuenta Heras León en el libro Eduardo Heras: Los pasos, el fuego, la vida…

«Carmen, Alicia y Maya: un comentario a telón cerrado», publicado en el periódico El Mundo el 6 de diciembre de 1968, salvó lo que había que salvar, aun cuando la cobertura mediática que había recibido Plisétskaya fuera cuando menos intensa. La bailarina soviética, no obstante, había quedado mal parada en una entrevista que le hiciera, a contrapelo, el propio Eduardo Heras, y en la que ella ni siquiera mencionó el nombre de Alicia. Dijo que en una época le había interesado bailar Giselle, y que después nunca más. Cuando el periodista le preguntó qué bailarinas admiraba, la Plisétskaya mencionó una serie de figuras que ni el historiador cubano del ballet, Miguel Cabrera, dice conocer a estas alturas de su vida. 

Alicia Alonso y Maya Plisétskaya en La Habana en marzo de 1963. (Foto: Osvaldo Salas / Tomada de www.liveinternet.ru )

Más allá de la rivalidad con Maya —por cierto, cuñada de Loipa Araújo, una de las cuatro joyas del ballet cubano—, hubo otra cosa que jamás le gustó a Alicia, al menos para su compañía: la «negritud». Y entrecomillo negritud porque en realidad, a pesar de que la Revolución que ella abrazó se autoproclamara antirracista y diera por abolido el racismo, parece que Alicia no sentía predilección por los bailarines negros. 

Aunque ahora no resulta sencillo desligar los hechos de la «chismología» nacional, sí son famosas, por ejemplo, las zancadas que puso la academia al bailarín negro Carlos Acosta. En la película Yuli, inspirada en la autobiografía de Acosta, se describen los episodios de racismo que el bailarín sufrió desde niño porque quería dedicarse al ballet clásico y no a patear pelotas. 

Sin embargo, el director de Acosta Danza escribió en su cuenta de Twitter: «Se fue mamá. La estrella más grande de todas. Alicia Alonso… inmortal». Su compañía también reprodujo uno de sus estados en Facebook: «Por todo lo que creó, por todo lo que nos dio, por ser el cimiento principal de una escuela de ballet que tanta gloria le ha dado a nuestro país, por haber sido raíz de nuestro movimiento danzario. Junto a los artistas de Cuba, seguiré trabajando para que nuestro país siga creciendo».

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Alicia desafió a todas sus colegas cuando interpretó un personaje que había sido creado para otra; otra que no era cualquiera, sino la bailarina con la que mayor rivalidad tuvo. La que nació cinco años después que ella y a la que sobrevivió casi cinco años: Maya murió el sábado 2 de mayo de 2015.

En Cuba muchos poetas y novelistas le cantaron a Alicia en el cuerpo de todos sus personajes: que cuando baila deja de ser una persona para convertirse en una verdad; que vence todos los hechizos sombríos, dijeron Alejo Carpentier y José Lezama Lima.

De todos modos yo quiero volver a Carmen. Hay algo en Carmen que punza e inquieta. De ahí emergió el estilo propio que reconocen los expertos en el ballet de Cuba y que el escritor cubano Miguel Barnet define como «una escuela más sensual, voluptuosa, nada rígida», si bien apegada a la tradición clásica.

«Ella (Maya) venía a bailar Carmen en Cuba, y para nosotros Carmen tenía un nombre: Alicia Alonso», dijo el novelista.

Aunque Maya no reconociera en público la altura de Alicia porque ambas figuras «estaban en guerra», una vez, cuando le preguntaron sobre la Escuela de Ballet Cubana, respondió: «Tiene un gran maestro, que es Fernando Alonso; tiene un gran coreógrafo: Alberto Alonso; y tiene grandes bailarinas como Loipa, Mirta, Josefina… y Alicia». La menciona al final. 

Con la escuela cubana de ballet que creara la prima ballerina assoluta, la última leyenda del ballet clásico del siglo XX, Cuba mantuvo una diplomacia artística, solo opacada cuando Alicia accedió a firmar en 2003 el «Mensaje desde La Habana para amigos que están lejos», una adhesión pública a la orden del gobierno de Fidel Castro de fusilar a tres jóvenes que intentaban llegar a Estados Unidos en una embarcación secuestrada. 

Aun así, donde la tosquedad política de los gobernantes cubanos no pudo llegar en 60 años, Alicia apareció, danzante y aplaudida.

 

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