«Agarré mi cartera y la experiencia del 27N»: El relato de un reportero queer que la policía dejó medio desnudo en el Ministerio de Cultura


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Nelson Álvarez Mairata, Nexy (Foto: María Lucía Expósito)

El 27 de noviembre desperté tarde porque estuve desvelado, atento a lo que pasaba con los acuartelados en la sede del Movimiento San Isidro (MSI). Como de costumbre, revisé las redes sociales y vi la foto de un grupo de artistas frente al Ministerio de Cultura (Mincult). Reclamaban una respuesta.

En la cama no me podía quedar. Mi deber como comunicador era estar allí, contarle a la gente lo que le sucede a la gente.

Mi formación de reportero la he ido adquiriendo con el tiempo. Primero fui una «yutuberesa». Así me llaman mis amigos, en broma, cuando se ponen a recordar mi canal de YouTube, donde lo mismo me travestí que hice periodismo ciudadano.

También soy amigo de los miembros del MSI. Necesitaba saber dónde estaban, qué sucedía con ellos. Fue por eso que salí corriendo para 13 y 2, con miedo de que la policía no me dejara llegar.

Entré por la calle del ministerio sin problema. Fue una sorpresa ver cuánto creció el pequeño grupo de 30 personas que vi en la foto. Según una muchacha que intentaba llevar un censo de los presentes, hice el 106. Tengo entendido que la cuenta se perdió más allá del manifestante número 150.

Rápido capté que aquello superaba a San Isidro. Cada vez llegaban más artistas y activistas con demandas.

Se acercaba la noche y la opción que brindaron los funcionarios fue la de conformar un grupo de 30 personas seleccionadas entre las más de doscientas que se aglomeraban en la calle. Hubo un ensayo democrático y a mí me eligieron para entrar a hablar con el viceministro Fernando Rojas.

Todavía no sé si fue por azar. Agradezco haber formado parte de un momento histórico. Las autoridades tuvieron que responder, por fin, un reclamo de los ciudadanos.

No fue hasta las nueve de la noche que pudimos entrar al Ministerio de Cultura, bajo la estricta exigencia de no llevar cámaras, teléfonos, micrófonos, ningún equipo que pudiera documentar el diálogo.

El debate duró más de cuatro horas. Yo, como reportero, me limité a escuchar las demandas expuestas por mis compañeros. En gran medida también eran las mías.

A la salida, la prensa internacional nos esperaba en las puertas del ministerio. Detrás, una multitud nos recibió con aplausos.

Temí que al irnos acabáramos agredidos por la policía y se desencadenara el caos que estuvimos evitando. Afortunadamente se respetó el acuerdo establecido con la institución para que nadie asediara a los manifestantes. Ese pacto duró una sola noche. En menos de 24 horas las autoridades impidieron reuniones, arrestaron activistas y pusieron vigilancia en las calles.  

Dos meses después, en la mañana del 27 de enero del 2021, se me botó el café en la mesa cuando me llamó la editora de ADN Cuba para avisarme de otra protesta frente al Mincult.

Varios de mis compañeros fueron a reclamar la libertad de otros que se encontraban detenidos desde esa mañana.  

Agarré mi cartera y salí con la experiencia del 27 de noviembre. Eché también un paquete de galletas, por si todo duraba tanto como aquella vez. No duró. La policía y los funcionarios de Cultura querían evitar otra manifestación de cientos de personas.  

Pasado el mediodía, el viceministro Fernando Rojas salió por tercera vez para anunciarnos que podíamos entrar al ministerio y conversar, dando como excusa que no podíamos ocupar el espacio público a causa de la epidemia de covid-19.

La posición de los artistas fue contundente: «Primero liberen a nuestros compañeros». Sin esperarlo ninguno de nosotros, repentino, salió el ministro Alpidio Alonso, acompañado de otros funcionarios. No conversó con los artistas. Llegó y golpeó el teléfono del periodista Mauricio Mendoza para impedir que continuara grabando.

Ahí se desató el aparato represivo. Traté de alejarme un poco, para que mi cámara captara el momento, cuando sentí que un policía cayó sobre mí. Cruzó una valla y me inmovilizó. No ofrecí resistencia. Dos mujeres policías vinieron a ayudar al que me tenía agarrado y fueron ellas las que me arrastraron hasta el ómnibus donde se llevaban a todos.

En la puerta del ómnibus estaban dos de mis compañeras haciendo resistencia, sin querer entrar. Varios oficiales las empujaban. Caí en medio de ese tumulto. Se oían gritos. Sentí un golpe en la espalda que me tumbó al suelo. Un policía me agarró por el pelo y me arrastró hasta hacerme subir.

Fuimos trasladados a la unidad de Infanta y Manglar, en el Cerro. No me había percatado de las condiciones de mi ropa, hasta que una de mis compañeras me lo comentó. Tenía el pulóver roto. Desde arriba hasta abajo.

Sentí que la manga caía del brazo, se abría el cuello hasta dejar afuera el hombro, y la prenda se transformaba otra totalmente diferente, menos recatada, hasta sensual. Así que, al regreso de una revisión física que me hizo la policía, en un acto de irreverencia muy pájaro, metí las manos en los bolsillos y desfilé como si caminara por una pasarela. Fui ovacionado por mis compañeros. «Dura, Magaly», dijeron. Qué orgullo. Todavía soy la «Yutuberesa».

La Seguridad del Estado me amenazó con deportarme a Villa Clara, alegando que no tengo dirección legal en La Habana. Enfatizaron que debía irme ese mismo día. No me fui. Sigo aquí. Qué orgullo. Todavía seré la «Yutuberesa».

Nelson Álvarez Mairata

Nelson Álvarez Mairata

Reportero

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