Oda a ‘nosotres mismes’


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Ilustración: Natalí Cardet

Todas las personas, alguna vez, han sido víctimas de malos comentarios o discriminación por su aspecto, su orientación sexual, el color de su piel, sus credos o su estilo de vida. Pero todes tenemos el derecho de convivir, ser y hacer en completa dignidad.

Tremenda-Nota-TN-2018

Los gordos, mantecosos, «toninas», que apenas encuentran pantalones que les ajusten, que destruyen montones de zapatos por el peso, y siempre andan sudorosos o fatigados. Las feas, las «rompespejos», que no hay maquillaje que las salve, y no logran agradar ni sonriendo. Los calvos, que aun cuando hayan probado las mil y una lociones o champús para regenerar su cabellera, solo muestran la bola de billar espejeando al sol con algunos brotes insignificantes.

Las que no pudieron tener hijos y encima deben aguantar que las nombren con ese vocablo duro, casi pétreo: «estériles». O las otras, víctimas de una histerectomía, más conocida, cruelmente, como «vaciado». Los pequeños, enanos o simplemente reducidos, existencia por los planos bajos, con la cabeza todo el tiempo hacia arriba, pidiendo permiso y desapareciendo en la multitud. Los flacos, sempiternas «varas de tumbar gatos», que no aumentan una onza ni comiendo plomo, y que, con cualquier ropa, en cualquier escenario, se les ven las «pistolas» de los huesos.

Las guajiras, manos callosas de monte adentro, que casi no saben deletrear su nombre, pero escriben y dictan la honradez a un semillero de hijos con vocabulario de alma impecable. Los brutos, irremediables  «topos», «cafres», «seborucos», que apenas enderezan las letras primarias, y aunque intenten e intenten e intenten no logran leer dos páginas de corrido. Las extravagantes, que andan con cinco pares de aretes cuando la mayoría presume de uno, o combinan negro, verde y amarillo, rematando con un sombrero azul fosforescente y un diente de oro.

Los «conscientones», librito y agenda de clases permanentes, respuesta y pedantería de sabelotodo, mientras otros mataperrean, se divierten, se fugan. Las «plásticas», que para cualquier asunto tienen una frase afectada, un gesto remarcadamente fino, unos tacones y uñas acrílicas ¡así! de puntiagudos. Los friolentos, abrigo de piel, bufanda y frazada a cuestas con el primer vientecito que baje la temperatura por debajo de 28 grados. Las románticas, que no se adaptan a las vulgaridades al uso, y enferman de «reguetonitis» con el único posible y cursi antídoto de un poema.

Las politizadas, que en desayuno, almuerzo, comida, cena, sueño y madrugada ven una posible tribuna para debatir sus ideas, para establecer su argumentación, para construir, al menos en el aire, el país que sueñan. Los evasivos, desconectados, «apáticos», que les da lo mismo «fi» que «fa» y solo se sienten bien en su mundo, su alienado, remoto, imposible y perfecto mundo.

Ellas y ellos. Ustedes. Nosotres.

¿Acaso no tenemos el derecho (y hasta el izquierdo) de vivir y convivir, ser y hacer en completa dignidad? 

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