Obituario: Tres recuerdos bajo el sol


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Ana Cairo Ballester. (Foto: Tomada de Cubarte).

Ana Cairo Ballester, Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas en 2015 y miembro de la Academia Cubana de Historia, murió en La Habana este miércoles 3 de abril. Yasmin Portales Machado, escritora y activista, recupera sus propias memorias de varios encuentros con la profesora.   

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Mi primer recuerdo de Ana Cairo es extremadamente racista.

Entrecierro los ojos, el sol cae de plano sobre la terraza del antiguo Country Club de La Habana, ahora edificio central del Instituto Superior de Arte. Faltan dos o tres años para que se acabe el siglo XX y yo voy a una conferencia. Bajo la sombra que proyectan las aulas de música, la administradora de la universidad habla con una mujer a la que examino rápidamente: color de piel, pelo, ropa, mochila. Tranquila de que la famosa profesora de la Universidad de La Habana no llega aún, voy a buscar asiento. Veinte minutos después, esa desconocida a la que imaginé empleada de limpieza (¿para qué negarlo?) ocupa el podio y comparte memorias con un coloquialismo que me desarma.

Ana Cairo Ballester era así: no se parecía a nadie. Más bien, se parecía a todo el mundo, no había en ella afectación o singularidad externa que revelara su profundo y diverso saber.

Mi segundo recuerdo de Ana Cairo Ballester es ruidoso y tierno.

Sonrío a la cámara desde la Bahía de San Francisco, colofón de un tour por la ciudad el día antes de que comience el Congreso LASA 2012. Fue linda la estancia, con mi maestro Eduardo, mis colegas Helen, Lirians y Danae, mis amigos Norge y Lázaro. Éramos un grupo diverso y tuve oportunidad de charlar con mucha gente a la que –paradoja típica– nunca veía en La Habana.

Ana se sentó a mi lado en una de esas comidas a las que nos invitaron en colectivo. Yo era una desconocida sin grados académicos que trabajaba un tema poco respetable, la ciencia ficción, desde un enfoque polémico, el género. Con su curiosidad permanente, me acribilló a preguntas, no para probar que yo debía dedicarme a algo mejor, sino para entender por qué había yo elegido ese tema y no otro. También –me di cuenta a mitad de la conversación– para repensar la lista de lecturas que orientaba a sus estudiantes de la Facultad de Artes y Letras.

Ana Cairo Ballester era así: docente las veinticuatro horas del día los siete días de la semana.

Mi tercer recuerdo es de hoy: Camino bajo el sol frío junto a un amigo, debatimos en voz baja las mejores maneras de usar el transporte público cuando su teléfono suena. Yo aparto los ojos (no me gusta mirar mensajes ajenos) y solo reacciono ante el sonido estrangulado que emite. El mensaje desde La Habana es corto y él me lo repite con voz incrédula: «se ha muerto Ana Cairo».

Él y yo vivimos de domar las palabras, pero solo atinamos a intercambiar exclamaciones e interrogaciones incompletas, mal conjugadas.

Por segunda vez en una semana, la distancia que me separa de la Isla se hace herida, frustración, aislamiento. No estar ahí parece un insulto del destino, aunque yo sepa que estar ahí no haría la más mínima diferencia. La Isla es de repente una línea horizonte donde algunas siluetas desaparecen de modo inesperado, tragadas por el mar. Miras al cielo con recuerdos y futuros imaginados en proceso de hacerse quimeras, y el sol mira de vuelta con su poder absoluto, el sol te reta a emitir una queja, un reclamo.

En la entrada del Directorio de Afrocubanas que consulté para estas líneas, me llama la atención el desequilibrio entre publicaciones propias (menos de diez) y obras antologadas (más de treinta). Esa clave explica por qué merecía ella el Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas 2015: su obra fue proteger la memoria de Cuba. Docencia, investigación, conferencias, consejos editoriales, antologías, edición de documentos, una carrera que no podemos calibrar por créditos individuales, sino por empeños colectivos.

Ana Cairo Ballester no avanzaba cual paladín en combate singular contra la desmemoria que caracteriza a la humanidad, sino que integraba esfuerzos concertados para compartir el conocimiento y producir intelectuales capaces de multiplicar los repositorios de memoria nacional.

No caeré en la ilusión de canonizar a Ana Cairo Ballester. Como profesora de la Universidad de La Habana durante décadas de estalinismo feroz en Cuba, no dudo que fuera parte de las intolerancias y persecuciones que allí ocurrieron. Varias generaciones de Cuba somos y seremos culpables de nuestra manera, a ratos fratricida, de defender un proyecto político con luz y sombras –como todos los proyectos políticos que en la Tierra han sido. Pienso en cambio que la mujer que conocí, dispuesta a anular cotidianamente las diferencias de jerarquía que la academia establecía para su beneficio, era producto también de esos años grises, era mejor ciudadana porque había visto el lado oscuro de las batallas de ideas.

Si la nación es la tierra o sus gentes, con Ana Cairo hemos perdido un pedazo de Cuba. Digo «hemos» porque esta es una muerte que se extiende, con la que miles de futuros posibles con mejor acceso al pasado de la nación se cancelan en un solo mensaje de texto: «Se ha muerto Ana Cairo. Lo siento».

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