Ser islámica en Cuba


Leila practica el Islam en Sagua la Grande, vive entre la discriminación de sus vecinos y la espera de su marido, que se marchó al Sahara. Entre la isla y el desierto.

Leila, una maestra de veinticuatro años que trabaja en una escuela para discapacitados de Sagua la Grande, se ajusta el velo desde temprano, antes de salir a la calle. Del paño violeta nada más asoma el óvalo de la cara. Una corona de lentejuelas plateadas, el único adorno del velo, queda sobre la frente.

Leila se graduó de psicopedagogía en 2015. Camina al trabajo, vestida de largo, y se cruza con decenas de mujeres que visten camiseta y short. Casi todas la miran aturdidas. Las mangas anchas, una túnica sobre la ropa. El velo.

En América Latina hay 4 millones de islámicos. Para Cuba no hay datos oficiales confiables sobre las 40 denominaciones religiosas instaladas en el país, pero un referente de la comunidad musulmana, Ahmed Agüero Armas, dijo en 2017 que hay al menos 12 familias musulmanas en la isla, unas 150 personas. La historia de Ahmed es la de muchos cubanos islámicos de Cuba: su padre le puso Ahmed porque le gustó y no porque la ascendencia sea islámica. De grande, lo vio como una señal del destino y se convirtió al islam.

“Les molesta mi calor. Siempre, ¡siempre! soy observada” se burla y se queja Leila. Dice que en la universidad la tomaban por paquistaní. Es que en el 2014 unos 1000 estudiantes llegaron de Pakistán para estudiar medicina. El punto es que en esa camada de migrantes temporarios no hubo ninguna mujer.

En Sagua la Grande, al centro de Cuba, viven unas cincuenta mil personas. Ella es la única musulmana, practicante al menos, y algunos vecinos ni siquiera se lo creen, no entienden que ande así una mujer parecida a todas, cubana, una que habla español.

“Ella no es musulmana”, advierte una vecina de setenta y tantos años, “sino que está casada con un musulmán”. Lo dice con tono de revelación: “tampoco se llama Leila”. Suelta un nombre con ye. En el barrio creen que Yeni, Leydi, Mayi, como quiera que escriban en los documentos de identidad y que se viste así por amor.

Leila se pone el velo y la corona de lentejuelas le queda en la frente. Tan perfecta que no parece azar. No le gusta hacerse fotos: “El islam no lo aprueba”. Se cuida las manos, las tiene bonitas para leer el Corán.

Mohamed, el esposo de Leila, nació en la autoproclamada República Árabe Saharaui Democrática, una porción separatista del territorio de Marruecos. A Leila siempre le dijo que la televisión cubana habla demasiado de bombas, “a pesar de la simpatía del gobierno por la causa árabe”.

“El amor fue el detonante, gracias a él conocí la religión, y luego todo fue obra de Dios”, explica Leila. “Alá quería que yo encontrara el amor para llegar a Él. Por el amor a un hombre llegué al amor a Dios. No somos una pareja cualquiera. Somos una pareja musulmana y eso es completamente diferente a una pareja cubana”.

Mohamed y Leila pasaron cinco años juntos cuando estudiaban pedagogía en Villa Clara. Él vino a estudiar con una beca, como tantos saharuis. Tienen la misma edad. Se casaron bajo el rito islámico en la universidad, durante el ramadán.

“Ese día vinieron de visita unos sabios saharauis y Mohamed decidió aprovechar”, explica Leila, que no supo nada de su propio casamiento hasta que el novio, ansioso, se decidió a soltarlo. “Ni mis padres pudieron venir, no hubo tiempo”, recuerda, “hasta donde sé, su familia me aceptó”.

Leila dice que no le asustó un matrimonio planteado así, sin más, un buen día. “Yo estaba preparada para casarme y fue bonito que me sorprendiera”. Insinúa que Mohamed quizá estaba apurado porque no aguantaba la castidad del noviazgo.
La cubana pidió su dote según los usos musulmanes. Por falta de costumbre, por la urgencia, no sabía qué pedir. El verdadero premio fue que al fin pudieron acostarse esa noche.

“Conozco muchachas que se pusieron esta ropa con una fe muy débil”, cuenta Leila. “Pasó simplemente que el esposo se fue y dejaron de creer”.

Mohamed, su esposo, se volvió a Tinduf, la sede de la república saharaui en el exilio hace un año y dos meses. Le dijo que volverá a Cuba para quedarse.

“Le veo futuro al islam en Cuba siempre que el gobierno lo permita”, dice Leila. “Solo falta voluntad”. Quiere pasar un tiempo en un país islámico, donde no se sintiera tan aislada como religiosa. Muchos conversos viven en la capital, donde tienen un salón de rezos en una calle turística de La Habana Vieja. La Liga Islámica de Cuba, única organización de musulmanes con reconocimiento legal, quiere construir una mezquita. Desde ahí, hacen correr el rumor de que Erdogan, el presidente turco, ayudará a levantar un edificio parecido a la famosa Ortaköy de Estambul. La primera piedra está ahí, a la vista de la bahía, pero las obras nunca comenzaron.

“No me cuenta todo”, sospecha Leila. “No solo porque sea muy reservado, como todos los saharauis, sino para que yo no viva la tristeza de su país”.

El Frente Polisario, la agrupación política que oficia como gobierno de la autoproclamada República Árabe Saharaui Democrática, envió en 2017 una carta al Ministerio de Salud Pública de Cuba para que no otorgue más becas de postgrado a saharauis graduados de Medicina en la isla y para que los están, vuelvan.

Mohamed, “por fortuna” dice Leila, es profesor de lenguas extranjeras y eso la hace pensar que regresará: “ simplemente vendrá, lo espero cualquier día”.

Desde que se convertió al islam ya no intimaron, revela Leila. “Sí vivíamos en el mismo cuarto, para protegerme, era muy difícil vivir en el cuarto de las estudiantes cubanas porque las muchachas dormían con sus novios”. Y no entendían la moral islámica.
Leila se reconoce una mujer muy tradicional. Jura que el islam no la violentó pero que “el hombre y la mujer no son iguales ni llegarán a serlo”.

Tuvo un novio cristiano, un evangélico que una vez se le apareció muy cambiado. “Más afeminado” lo califica. “Y no, eso no me gusta”. De Mohamed le atrajo que tuviera una imagen conservadora: “pelitos en las piernas, sin areticos, un peladito sencillo”.
“Amo a Cuba”, le dijo el esposo antes de irse, “pero no hay nada como mi desierto”. Leila nunca le pide a Alá que Mohamed regrese, prefiere pedir paciencia. “Lo amo muchísimo, pero si no regresa lo entendería”.

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Maykel González Vivero

Maykel González Vivero

Periodista y activista LGBTI. Tuvo un blog mientras se lo permitieron y se llamaba El Nictálope, porque siempre ha presumido de ver bien, como algún animal de la noche. Echa de menos la radio y el insomnio que le favorecía antes para escribir. Ahora escribe cuando puede, donde puede colaborando con varios medios cubanos y extranjeros.

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