Prohibido ver porno


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En Cuba el porno es ilegal. Los coleccionistas clandestinos guardan películas amateur con imágenes borrosas.

  • El abuso sexual es habitual en los rodajes

  • Los coleccionistas tienen insólitas estrategias para evadir la ley

  • Las películas están mal grabadas y mal editadas.

  • Las tramas suelen ser machistas


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Yúnior y el Sopa usan ropas de moda, el cuello rendido bajo las cadenas y caminan con desparpajo. Quieren hacer porno por su cuenta, harán una película que estará disponible en toda Cuba gracias a una red de distribución clandestina y eficiente. Lo deficiente será la calidad de la grabación. Se verá natural, sin retoques, como para el gusto de un voyeur. Decenas de videos así: sin edición, ni actores profesionales, con gente “de verdad”, circulan por la isla. La “naturalidad” es una moda porno que obsesiona, un fetiche. El porno cubano es naif.

La película no tiene título. En la primera escena se ve una charla de Yunior y el Sopa con unas muchachas arriba de una loma. Una trae el uniforme escolar pardo de las escuelas politécnicas. La otra acaso tuvo tiempo para ponerse cómoda: va casual, deportiva. “Tú eres mi hija, la otra es mi sobrina”, dice, como si grabara un detrás de escena, Yúnior a la cámara que sostiene el Sopa en modo selfie. Además de la cámara en la mano, el Sopa hace malabares para enganchar con cada uno de sus brazos los brazos de las muchachas y tenerlas contra él. Las chicas tienen quince años.

 

Decenas de videos así: sin edición, ni retoques, ni actores profesionales, con gente “de verdad” circulan por la isla, la “naturalidad” es una moda porno que obsesiona.

 

―¡Qué charlatanes son! ―se burla de ellos la que tiene uniforme escolar, después de que al Yúnior y al Sopa les diera por presumir de su talento para la cama.

―¡Ja! Y dice que es babalao ―agrega la otra joven.

El Sopa recita unas frases rituales que suenan jerigonzas. El babalao es un iluminado, un profeta de Orula, el dios africano del oráculo.

―Y ahora la niña va a hacerme…― relata el Sopa, su fanfarronería religiosa es tan grande como su manía: describir absolutamente todo lo que pasa en el video e incluso adelantar lo que está por pasar.

Al video le han dado un par de tijeretazos, faltan imágenes y a veces parece que han apagado la cámara en medio de una escena importante. Dentro de una misma escena primero una toma tiene al Sopa sonriendo en la cureña de un cañón antiguo, en la siguiente aparece en una habitación de techo bajo, entre paredes de piedra, tras una reja carcelaria junto a Yúnior y las dos adolescentes. No hay cama. No fueron a un cuarto común sino a una celda dentro de un castillo. A La Habana le quedan castillos abandonados de la época de la colonia, cerca de la costa, para tener sexo o improvisar un corto pornográfico.

―¿Quieres que haga striptease? ― pregunta con un tono mundano la niña de uniforme

La niña se desviste al ritmo del reguetón que sale de un teléfono móvil que no se llega a ver. Yúnior también se desnuda, sus tatuajes son ilegibles hasta que la cámara va meneándose y capta en primer plano un nombre en su piel: Regla, un pueblo en la periferia este de La Habana.

De repente:

―¡No me filmes más! ―se engrifa ante El Sopa la que no tenía uniforme y ahora ni siquiera tiene ropa.

―¿Te pones brava?

―Claro que sí.

La colección

“Lo más interesante del video de Yunior y Sopa son las conversaciones” dice Alejandro. Ya va por los cuarenta años y ha dedicado más de diez coleccionando porno, escondiendo películas en carpetas con títulos que despisten a la policía, como aquella que se titula Reuniones del sindicato.


La gente no busca una historia en las porno, “casi todas las porno de aficionados se conforman con el acto sexual, de ahí no pasa” dice Alejandro mientras revisa su colección. Guarda copias, por ejemplo, de La Pinareña o La Temba de Marianao, dos films de autores y actores desconocidos. Por lo general,  si los cortos tienen nombre propio o gentilicio, siempre son de mujer.

“Muchas veces las muchachas no saben que las graban” asegura el coleccionista “y otras veces lo permiten bajo presión, porque les aseguran que no se difundirá” redobla la apuesta buscando demostrar un tono experto.

En la colección hay una con el nombre Evidencia: Anamarys & Carret. Cuando sucede así es porque antes de llegar a la videoteca de Alejandro el film pasó por las manos de un policía -o un chantajista- que le escribió eso en el disco, a modo de documento pericial. Cuando Anamarys protesta porque la cámara está encendida, Carret le asegura que nadie lo verá, que no se preocupe. “Eso es pa’ mí”, jura. “Ni pa’ ti ni pa’ nadie”, se niega ella.

Alejandro recorre su colección. Pone el pasaje de una película que parece haber quedado estropeado con la edición.  El porno doméstico se ve mal, se oye mal. Es violento y no tiene estándares. El film no tiene título. 

―¡Esta es la puta más rica de Cienfuegos! ―dice un hombre a la cámara.
―¡Y este un cochino que no se ha bañado! ―le responde una mujer, con su mirada en la lente.

Intentan incluir la cuarta pared, como buscando al espectador, una suerte de extrañamiento muy propio del porno doméstico local. Por las características del contexto urbano parece que fue rodada en Cienfuegos. A veces el porno amateur cubano interpela al público, como diciéndole “sé que estás ahí, mirando escondido esto”. El porno doméstico es como tener sexo con la ventana abierta: saben que los ven, quieren que los vean.

Otra película, La Holguinera, termina con una entrevista: uno de los actores,  un tal Yovani que interpreta el papel de un “mentor sexual”, interroga a una mujer sobre cómo se estrenó en el sexo anal.  La mujer le responde que le ha encantado. Habla risueña y condescendiente. Unos minutos antes, Yovani le había advertido que si no abría las nalgas le rebajaría la tarifa: “Te voy a bajar a diez fulas”. Ella se había abierto de par en par, se había lubricado el trasero con áloe del jardín y le había rogado: “Me vas a dar veinte, ¿no?”.

El delito

El porno doméstico se ve mal, se oye mal. Es violento y no tiene estándares. Es un documento que no llega a ser documental. Expresa su naturaleza bruta: un tipo que explora con su cámara el cuerpo de una tipa desnuda y de la nada enfoca, desprevenido, su propio cuerpo y luego sin querer a un pulóver que dice Copextel -una empresa cubana de electrónica- o a otro tipo con un tatuaje en el corazón que dice “Giselle”, mientras es penetrado por otro man.

En Cuba la producción y difusión de porno es un delito castigado por el Código Penal con multa o cárcel de tres meses a un año. No existen estadísticas sobre la producción: no está organizada, son películas improvisadas que se viralizan de manera manual y virtual: acaban en manos de muchísima gente. Muchas veces las porno parecen documentos periciales, filtradas de archivos policiales. La importación de porno está prohibida, para la Aduana cubana es tan peligroso como las drogas o las armas de fuego, nada de eso puede entrar.

 

En Cuba la producción y difusión de porno es un delito castigado por el Código Penal con multa o cárcel de tres meses a un año.

 

Hace pocos años, el periodista Darío Escobar publicó en su blog Un guajiro ilustrado las fotos de un grupo de alumnos de secundaria que veían porno en el mismo televisor que colocaron para ver contenidos educativos. Fue a la picota. El “ultraje sexual”, como llama el Código Penal a los “objetos que resulten obscenos”, injuriaba el aula, uno de los laboratorios más sentimentales de la sociedad cubana. En Cuba se le puede llegar a perdonar a la prensa alguna viñeta crítica pero jamás si involucra a la salud o la educación. Escobar fue amenazado con diferentes sanciones para seguir ejerciendo su profesión. Como en el caso de Anamarys & Carret muchas veces las porno parecen filtradas de archivos policiales.

Para Alejandro, el coleccionista, “la relación de la sociedad cubana con el porno es muy hipócrita”. Las películas preferidas de Alejandro son las estadounidenses que involucran a cubanas porque hay que ver “cómo se hace cuando nadie te dice que no” pero también las rodadas en Cuba, en sitios “seguros”, con algo de presupuesto y elencos cubanos. Se refiere a films que usan los mismos tópicos del cine convencional cubano: suena el son en vez del reggaeton y el escenario es una precariedad arquitectónica como  la de Centro Habana.

El machismo

En  una de las primeras escenas del corto amateur Tríos en el Vedado, una mujer se maquilla con la bandera de Cuba: se la pinta desde los pechos hasta el pubis. Más adelante una mujer muy joven -parece adolescente- se niega a lamer la vagina de otra hasta que un hombre le ordena:

―Dale un lenguazo ahí, que me guste a mí.

Fin.

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Maykel González Vivero

Maykel González Vivero

Periodista y activista LGBTI. Tuvo un blog mientras se lo permitieron y se llamaba El Nictálope, porque siempre ha presumido de ver bien, como algún animal de la noche. Echa de menos la radio y el insomnio que le favorecía antes para escribir. Ahora escribe cuando puede, donde puede colaborando con varios medios cubanos y extranjeros.

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