12 de octubre: Celebro y reivindico mi derecho a ser «no humana»


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(Foto: María Lucía Expósito)

No había caído en la cuenta de que se equivocan quienes cuestionan que haya un día específico para celebrar la afrodescendencia y no uno para la raza blanca. Sí existe.

¿Qué es el Día de la Hispanidad sino una celebración de la supremacía blanca, occidental, religiosa, de género y heterosexual camuflada de «progreso»?

Para las personas que habitamos territorios, cuerpos y sexualidades colonizadas, dígase indígenas, afrodescendientes, disidencias sexuales y de género, y quienes asumimos, en la medida de nuestras posibilidades y tomas de conciencia, una mirada descolonial, no hay nada que celebrar.

Si hubo algún descubrimiento en octubre de 1492 fue el que hicieron los pueblos y comunidades originarias de América Latina: descubrieron los horrores de Occidente disfrazados de derechos humanos o de «guerra justa». Ya estaban aquí, ya eran. Vivían en un amplio diapasón de posibilidades que quedaron bloqueadas o restringidas a partir de la irrupción occidental.

En todo caso, si hay algo que celebrar es que todavía estamos aquí. Resistimos y re-existimos a la deshumanización y exterminio indígena, a la bestialización y esclavización de personas negras, al borrado de los conocimientos, religiones y espiritualidades originarias y a la implementación de un sistema de género que fue diseñado para perpetuar la raza blanca mediante la heterosexualidad obligatoria.

Según el sociólogo puertorriqueño Rafael Grosfoguel, los debates sobre la humanidad de los indios y su capacidad como sujetos de derechos, dieron inicio a los discursos racistas biológicos y culturalistas que han llegado hasta hoy. La idea ficticia de raza imbricada con el sistema de género occidental clasificó a los habitantes del mundo en humanos/no humanos, civilizados/incivilizados, blancos/no-blancos.

Por su parte, la filósofa y feminista argentina María Lugones planteaba que la dicotomía jerárquica humano/no humano es la principal de la modernidad colonial, y apuntaba que había otras distinciones jerárquicas: «Sólo los civilizados eran hombres y mujeres. Los pueblos indígenas de las Américas y los africanos esclavizados se clasificaban como no humanos en su especie —como animales, incontrolablemente sexuales y salvajes».

A la duda sobre la humanidad de los indios precedió la imposición del sistema colonial/moderno del género, la reinvención de hombres y mujeres de acuerdo a ideas occidentales del género.

Trabajos de la propia Lugones y de feministas africanas e indígenas rompen el mito eurocéntrico de que en todas las sociedades y épocas ha habido exclusivamente hombres y mujeres, y que el patriarcado ha sido siempre lo mismo y con la misma intensidad.

En «La invención de las mujeres», la feminista africana Oyèronké Oyěwùmí investiga el proceso de colonización de los estudios académicos sobre la sociedad yorùbá y otras sociedades africanas contemporáneas. Ella explica que, antes de pasar a dominio británico en el siglo XIX, «la categoría fundamental “mujer” (…) simplemente no existía. (…) antes de la difusión de las ideas occidentales en la cultura Yorùbá, el cuerpo no era la base de los roles sociales, ni de sus inclusiones o exclusiones, no era el fundamento de la identidad ni del pensamiento social».

En la mayoría de las zonas colonizadas el género no era entendido en términos biológicos. En aquellas donde ha podido rastrearse una organización similar a la organización patriarcal del género occidental, o lo que se le ha llamado «patriarcado de baja intensidad», hay relatos etnográficos y evidencias de que en estas sociedades eran más frecuentes, bien vistos o al menos no prohibidos, el tránsito y la fluidez entre esas nociones de género, el casamiento entre personas que Occidente comprende como del mismo sexo y otras prácticas disidentes de la cisheteronorma.

Pero en eso llegó el colonizador y mandó a parar. Desde entonces no ha cesado la persecución, criminalización y exterminio de personas con identidades que transitan entre los géneros. El colonizador se valió de la diferencia racial, sexual y de prácticas sexuales «inmorales» ante los ojos de Occidente, para jerarquizar y deshumanizar, reclasificar y someter.

En realidad, no somos negros, ni indios, ni indígenas, ni blancos, ni heterosexuales, ni homosexuales, ni cisgénero, ni transgénero, ni no binaries. Tampoco somos hombres ni mujeres. Somos y al mismo tiempo no. Somos porque hubo que nombrar lo que no querían que fuéramos. Si lo somos es porque vivimos en el sistema colonial moderno, prisioneros de la idea de raza y de género.

Todas, a su vez, son categorías coloniales y postcoloniales para nombrar modos de vivir y de ser que antes de la colonización no era necesario nombrar porque no representaban un problema.

Seremos algunas de estas identidades siempre y cuando nos sirvan como estrategias políticas. Vivirnos en identidades a partir de esencialismos y biologicismos es perpetuar el trabajo del colonizador. Ha sido esa misma naturaleza la que han usado en nuestra contra y no debemos articular ni fijar nuestras identidades en ella.

La historiadora, artista y activista trans estadounidense Susan Stryker advierte: «La naturaleza con la que ustedes me acosan es una mentira. No confíen en ella para protegerse de lo que yo represento, porque es una fabricación que encubre la falta de fundamento del privilegio que ustedes buscan mantener a mi costa».

Hoy se persiguen y burlan las identidades no binarias, las identidades trans, cualquier identidad que disienta de la matriz heterosexual, como lo hacía el colonizador con su norma occidental y su discurso de inmoralidad y de pecado.

Hoy se le llama costumbre o se enfatiza en que «siempre ha sido así» la idea de género y de sexualidad, que lo no binario es algo nuevo, una moda. Lo que no es nuevo, sin embargo, es el argumento rancio de que tal cosa siempre ha sido así, cuando sabemos que detrás siempre hay una historia oculta de represión y de silenciamiento.

Por tanto, concibo, y me atrevo a afirmarlo, como en un artículo anterior, que la transfobia es una expresión también de racismo y colonialidad, dado que: «El sistema colonial de género imbricado con la jerarquización racial impuestos a las regiones deshumanizadas, borró identidades y otros modos de vivirse existentes previo a la colonización, donde el cuerpo no estaba sujeto a determinado orden biológico. Cuando Occidente asegura que solo hay y ha habido en todas las sociedades dos géneros, hombre y mujer, está siendo tránsfobamente racista».

No es un hecho fortuito que la mayoría de las abolicionistas de género, feministas radicales y feministas radicales transexcluyentes (TERF) sean blancas.

El género, entendido también como una construcción racial, fue diseñado como un dispositivo de control de la reproducción de la mujer blanca burguesa para perpetuar su raza y su clase. En la modernidad colonial, mujeres eran las blancas.

Por tanto, cuando una persona trans/cuir intenta subvertir el género, apropiarlo, modificarlo, expandirlo, en resumen devenir mujer de una manera no tradicional y «no natural», salta una abolicionista, porque se sabe la dueña y señora, la que tiene las llaves del género.

Los debates y la pregunta de lo humano no han terminado. Se actualizan todos los días. Basta que denunciemos un atropello, una violación de derechos humanos, falta de derechos, y alguien siempre pregunta «pero ¿es artista?», «¿es gusano?», «¿es comunista?», «¿es opositor?». Ah, pero es trans, es gay, es un negro más que va a prisión.

Al fin y al cabo, las independencias no significaron la descolonización de nuestros territorios. Seguimos cargando con las preocupaciones del amo y resistiendo a las dudas del colonizador, al patrullaje del género y de la sexualidad. Seguimos viviendo desde identidades colonizadas. Yo, por si acaso, celebro y reivindico mi derecho a ser no humana.

Mel Herrera

Mel Herrera

Escritora y activista

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